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La larga pesadilla de un Superintendente de Circuito de los testigos de Jehová

País desconocido.

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Desde mi corazón les extiendo mi saludo de amor y paz. Me presento como una persona comprometida con el pensamiento cristiano originario, y a la vez solidario con nuestra gran diversidad existencial. Para el caso, comenzaré diciendo que soy venezolano de nacimiento, aunque de extracción europea. Para una mejor comprensión de mi realidad, debo confesar que fui criado y formado dentro del grupo religioso conocido como los “Testigos de Jehová”. Contaba con apenas nueve años de edad cuando di mis primeros pasos en aquella organización. Mi madre fue la primera en ingresar y fue persuadida a traerme con ella, dado que “la urgencia de los tiempos” presagiaba la proximidad del fin del mundo y que mi vida corría peligro si no hallaba refugio en “la única religión verdadera.”.

Unos años más tarde, siendo apenas un adolescente, un miembro prominente de la directiva de la Sociedad Watchtower Bible & Tract, proveniente de la sede mundial en Nueva York, convino conmigo en que sería “sabio” dejar los estudios de secundaria para servir a tiempo completo como predicador, o “precursor”, como lo llaman ellos, antes de la llegada inminente de el Armagedón, que ya estaba “muy cerca”, según la elaborada cronología del grupo. Los precursores se han comprometido formalmente para invertir una buena cantidad de horas yendo de casa en casa, distribuyendo literatura Watchtower y reclutando nuevos simpatizantes para la organización. Ellos no reciben remuneración alguna por su trabajo y muy poco tiempo les queda para otras actividades.

Con el pasar del tiempo, fui escalando posiciones de responsabilidad o “privilegios”, llegando a ocupar los puestos de “anciano”, “precursor especial” y “superintendente itinerante.” Por más de treinta años mantuve una impecable hoja de servicios con la organización de los “Testigos de Jehová”.

A mediados de la década de los 80s, mientras desempeñaba mis tareas con entusiasmo y dedicación, hice unos interesantes descubrimientos. Era mi costumbre examinar los escritos bíblicos con detenimiento e imparcialidad. Ávido por obtener respuestas a muchas cuestiones que afectaban la vida de mis correligionarios, mis investigaciones me permitieron detectar numerosas inconsistencias entre lo que enseñaba el cristianismo primitivo y los dogmas de la Watchtower. Pero estas cosas solo las compartía confidencialmente con muy contados compañeros de creencia y por supuesto, con el Padre celestial.

Curiosamente, en la medida en que avanzaban mis estudios, mi relación personal con Dios y con su Hijo Jesucristo se fue estrechando cada vez más.

Dada mi experiencia al manejar casos de naturaleza muy personal en la vida de aquellos compañeros de fe que me premiaban con su confianza, así como con algunas inquietudes personales, mis investigaciones no se limitaron únicamente al área doctrinal y a la interpretación de los textos antiguos, sino también en el ámbito de las emociones humanas, particularmente las numerosísimas represiones de naturaleza sexual que se imponen, recurso predilecto de religiones y sectas fundamentalistas y legalistas, para incapacitar y frustrar emocionalmente a sus adeptos.

A pesar de la discreción con la que sometía a prueba las enseñanzas y procedimientos de la organización WT, la oficina representante en el país, la cual me tenía en alta estima y confianza, tuvo conocimiento de mis investigaciones.

Cada TJ es un espía de sus demás compañeros y cualquier “irregularidad” debe ser reportada inmediatamente a los líderes que aplicarán las debidas medidas disciplinarias. Esto condujo a que fuera enjuiciado por uno de sus tribunales internos o “comités judiciales”, como se les denomina. Fui interrogado y amonestado por espacio de cuatro horas en la más absoluta privacidad de mi hogar. En mi caso, sin embargo, se rompió la regla, ya que me acompañaba un ministro de una iglesia protestante que me prestaba ayuda y observaba en silencio todo el proceso. Al final de la reunión, pasada la medianoche, los tres miembros del tribunal, luego de intimidarme y calificarme de “perro que vuelve al vómito”, me dieron una semana de plazo para recapacitar y “arrepentirme.” Yo estaba ya decidido a romper con la esclavitud a la secta y ellos a su vez, estaban resueltos a deshacerse de mí, por cuanto sabía demasiado. Una semana más tarde les hice llegar mi carta de renuncia en términos breves y respetuosos.

Ellos no aceptaron la renuncia, dictaron sentencia y me expulsaron por cometer “apostasía” (fornicación espiritual), es decir, por visitar otras iglesias y haber estado en contacto con miembros disidentes de la central mundial de Nueva York. Para ellos, este es un pecado de tal naturaleza que equivale a traicionar al mismísimo Dios. Esta postura es el resultado de un sutil e intenso proceso de control mental y de interpretaciones extravagantes, aunque simplistas de la Biblia, que se repiten una y otra vez, con lo cual convencen a los millones de seguidores que ellos son la única religión verdadera y el pueblo elegido de Dios sobre el planeta. Todos los que rehúsen pertenecer al grupo, serán aniquilados por Dios en la batalla final de Armagedón. El temor es una de sus mejores armas para mantener en sujeción a todos los adeptos. Los TJ viven en un constante estado de alarma y zozobra. Todo lo que no proceda de la organización es potencialmente sospechoso o satánico y debe ser rechazado, sin importar su apariencia inofensiva. Tergiversan y manipulan la información, a modo de generar temor y dependencia a la organización.

Mi expulsión generó un gran escándalo nacional en la comunidad de TJ y resultó en un duro golpe para mi madre que cumplía más de 30 años de sometimiento absoluto a la Sociedad Watchtower. El bochorno afectó mucho su salud física y mental. Caer en desgracia entre los TJ es lo peor que le puede pasar a un individuo comprometido y es algo muy difícil de aceptar y asimilar, con graves consecuencias emocionales tanto para el expulsado como para los familiares que permanecen en la secta. No pocos casos de alcoholismo, consumo de drogas, promiscuidad sexual y hasta suicidios, tienen lugar como resultado de tales medidas disciplinarias inhumanas. Abundan los testimonios sobre este hecho.

Puesto que mi padre no era TJ, yo esperaba que él me ayudara en el proceso de recuperación, y contando con otros parientes de mucho prestigio que vivían en el exterior. Pero al año siguiente de mi defección, mi padre cae enfermo de un mal incurable del cual no se pudo recuperar. Fallece antes de poder expresar su última voluntad y legar sus bienes en un testamento. Tanto mi madre como yo, estábamos a oscuras acerca de sus finanzas, aunque sus actividades comerciales exitosas nos habían permitido vivir holgadamente. Los esfuerzos por dar con el paradero de sus activos fueron infructuosos. El secreto se lo llevó a la tumba. Yo era el único hijo y todo lo que sabía hacer era cumplir con las tareas rutinarias que me asignaron los TJ. Mi padre era el único sostén del hogar y yo no sabía cómo ganarme la vida. Mi madre, acostumbrada al buen vivir, se desesperaba y comenzó a vender millones de bolívares en obras de arte, joyas y mobiliario por sumas ridículas.

A los miembros leales del grupo se les prohíbe todo trato social con los expulsados. Ni siquiera les pueden dirigir un saludo si los vieran por la calle o en el supermercado, así sean miembros de la misma familia. Entrenado como estaba, a someterme y obedecer, mi madre insistía en que permaneciera a su lado y que nos trasladáramos de la capital a otra ciudad donde nadie nos reconociera. La razón era huir del oprobio y evitar caer en la pobreza. Vale la pena mencionar que su compromiso con los TJ le hizo romper desde un principio todo contacto con sus propios familiares en el exterior. Por motivos de conciencia, acepté quedarme con ella para no dejarla desamparada, mientras ella abrigaba la esperanza de que yo saldría adelante financieramente, “recobraría el juicio” y regresaría penitente al rebaño de la Watchtower.

A pesar de sus limitaciones, mi mamá se entregaba de lleno a las actividades de los Testigos locales. Mientras tanto, mi falta de experiencia en vivir fuera de la burbuja de la secta y de no saber cómo ganarme el sustento, además de las continuas presiones de mi madre, hicieron de mi vida una verdadera pesadilla. Mi experiencia de 30 años con los TJ, de arduo trabajo no remunerado para una poderosa corporación multinacional, me había permitido adquirir una serie de destrezas y habilidades como conferenciante y agente de ventas, además de dominar varios idiomas. Luego de dos años sin conseguir empleo y de agotarse nuestros escasos ahorros, pude obtener un trabajo en una reconocida emisora de radio de la localidad como locutor, representante comercial y asesor publicitario.

Aun conservo ese trabajo, pero el ambiente poco solidario en la región, los medianos ingresos y el agotamiento físico que me ocasiona el clima, me obligan a contemplar alternativas más ventajosas.

Mi madre falleció hace unos cuantos años y pese a la ayuda económica que le prestaba, ella prefirió permanecer con los TJ, sacrificándose por ellos mientras le dejaban pasar sus últimos días en la mayor pobreza. Al principio de nuestra llegada vivíamos juntos en una zona privilegiada muy próxima a la playa, pero al irse agotando los recursos, nos tuvimos que separar. Por ser un miembro expulsado, nunca se me permitió entrar a la modesta vivienda donde la alojaron, hasta cuando su estado de salud se agravó y pude llevarle alimento y atender algunas otras necesidades. Los TJ se limitaban a hacerle compañía y alentarla a que retuviera su lealtad a la “organización de Dios”, que no es otra cosa que servir a una gran corporación estadounidense y mega-millonaria, que exige los mayores sacrificios por parte de sus dedicados miembros, pero que se desentiende cuando alguno de ellos entra en desgracia.

Debo mencionar que, a pesar de ser un miembro expulsado, ellos tuvieron el cinismo de venir a mí, solicitando fondos para la hospitalización de mi madre, alegando que en estos casos, la “responsabilidad bíblica” recae en los familiares cercanos y no en la “Sociedad Watchtower Bible & Tract” de Brooklyn, N.Y. Yo no contaba con medios suficientes, así que tuve que recurrir a la misión diplomática del país de mi madre y ellos se encargaron de proveer una remesa especial hasta el día en que ella dejó de existir.

Mi larga pasantía de entrega total a la corporación religiosa Watchtower, hizo muy difícil adaptarme a la realidad de la vida. Todos los llamados “mundanos”, es decir, los que no son TJ, parecían como venidos de otro planeta. Algunos, al descubrir mi ingenuidad, me hicieron objeto de fraudes y manipulaciones. Intenté hallar algo de refrigerio y compañerismo en algunas iglesias locales, pero éstas carecían de la experiencia que se requiere para tratar casos como el mío, recomendando cumplir con otras rutinas totalmente inapropiadas para mí. En otros países hay programas y grupos de apoyo especializados en ayudar a las víctimas de sectas cúlticas o destructivas. Sin embargo, el hecho de haber permanecido en uno de esos grupos no hizo que al separarme de una secta falsa, “se arrojara el agua sucia del baño con el niño adentro”. Por el contrario, retuve mi fe y entereza espiritual en los momentos más críticos y en la casi absoluta falta de compañía.

Como si esto no fuera suficiente, no hace mucho atravesé por la más difícil y dolorosa prueba de carácter físico. Habiendo gozado siempre de excelente salud, caí repentinamente enfermo con agudos dolores abdominales y una falta absoluta de apetito, cuyo origen al principio no se reconocía. Luego de costosos exámenes médicos, se descubrió la presencia de tres tumores malignos a lo largo del colon. Por no haber podido consumir alimento sólido durante un tiempo prolongado, quedé reducido a un esqueleto de 35 Kg., cuando mi peso normal era de 74. En ese estado no era recomendable intervenir para remover los tumores. Fui alimentado por vía intravenosa con diferentes productos y mediante transfusiones de sangre para levantar las defensas. (A propósito, los TJ prohíben terminantemente las transfusiones de sangre, so pena de ser expulsado) Me hallaba casi inmovilizado en mi lecho de hospital, no pudiendo valerme por mí mismo. Solo un amigo muy querido y su padre tomaban turnos para acompañarme. Un día, cuando no estaban presentes en la habitación, entraron unos “malandros” y hurtaron mis pertenencias, incluyendo mi teléfono móvil, que era el único recurso que tenía para comunicarme y pedir ayuda.

Al fin, cuando el cuerpo médico determinó que ya estaba en mejores condiciones físicas, decidieron operar, aunque las perspectivas no eran muy alentadoras. En medio de todo este sufrimiento, no me deprimía ni perdía las esperanzas. Disfruto de una gran paz mental y espiritual, ya que el amor es factor motivador en todas mis acciones y en mis tratos para con mi prójimo. Esto no se lo debo a ninguna religión, sino por haber investigado la historia del cristianismo primitivo y haber aplicado sus sencillas y cómodas normas, sin imposiciones, restricciones, chantajes o amenazas. Practicar el amor verdadero, altruista y desinteresado, disuade a que hagamos algo que lastime al semejante y motiva a procurar siempre el bienestar de los demás por encima del propio. –Vea Filip 2

Luego de la cirugía, que fue exitosa, vino el proceso no menos penoso de recuperación. Tuve que hacer grandes esfuerzos para volver a caminar, luego de tantas semanas postrado en cama. Debía ingerir alimentos blandos y muchos medicamentos. De vuelta a casa, como vivo solo, tuve que hacer empeño en atender mis necesidades con limitada ayuda. Hubo quienes vinieron a traer alimento y hacerse cargo de la limpieza. Me veía tan demacrado y reducido como una momia. Antes de enfermarme aparentaba tener menos edad de la que tenía.

Ahora, en cambio, parecía haber envejecido veinte años más. Algunos de mis clientes contribuyeron con donaciones que permitieron contar con unos fondos para los gastos fijos de la casa, además de los ingresos provenientes de la publicidad de radio de mis anunciantes. Puedo asegurar que Dios siempre estuvo a mi lado para proveer, sin caer en la desesperación a la que conduce la dependencia a una secta destructiva.

Ya estoy casi totalmente restablecido, con buen peso y mejor semblante. Y lo que es más extraño, algo me hizo desistir de seguir consumiendo esa infinidad de medicamentos costosos y de continuar recibiendo la quimioterapia, para lo cual un buen amigo contribuyó generosamente. Hacían falta trece millones de bolívares más para completar el tratamiento, y aunque se hizo el esfuerzo por obtener los productos de manera gratuita, esto no fue posible. Faltaban cinco sesiones de quimioterapia y tan solo había recibido dos. Algo me hizo sentir que me debía retirar de ese tratamiento, y tan pronto fue suspendido, comencé a recuperarme mucho más aprisa y con mayor ánimo.

Todos estaban sorprendidos. ¿Milagro? Para algunos, tal vez. Sin embargo, alguien que leyó este testimonio en un foro cristiano, calificó este resultado como un milagro de amor. Pero hay que tener presente que la voluntad, determinación y una conciencia tranquila pudieron haber contribuido con mi mejoría. Si uno se deprime, el sistema inmunológico también se resiente y el organismo no reacciona. Así que la receta del amor que Cristo recomendó, sí da resultado, si se administra en dosis generosas.

En esta etapa de mi vida, que me aconseja a no exigir de mí mismo más de lo razonable, empleo buena parte de mi tiempo en compartir los valores del espíritu con aquellos que están dispuestos a recibirlos y aplicarlos, de manera especial con las minorías y los excluidos sociales. Mantengo contactos muy estimulantes por Internet con individuos y foros de diferentes partes del mundo. Dedico varias horas al día al estudio y a la investigación. Y hasta mis tareas para la radio y como traductor, también las cumplo con mi ordenador en absoluta tranquilidad.

Mi próxima meta es tratar de obtener un techo propio en un clima más favorable. El aire de montaña me sienta mucho mejor que el de la costa oriental donde me encuentro actualmente. Disfruté unos diez años maravillosos en el estado Mérida, en los Andes venezolanos, aunque en aquel tiempo me hallaba dedicado a la organización WT como misionero. De ser posible, desearía retornar a ese hermoso lugar de nuestra geografía. Aunque todavía no cuento con recursos suficientes, sé que en cualquier momento Dios también hará provisión para cumplir esta meta, si así lo determina.

Confío en que este testimonio pueda servir de advertencia sobre del peligro de ser seducido, atrapado y manipulado; de ver alterada la personalidad y perder nuestro lugar en la sociedad por influencias de alguna secta religiosa, movimiento político o filosofía elitista y arrogante que suprime las libertades individuales y nos convierte en esclavos sumisos de amos codiciosos de ganancias injustas y de un afán por ejercer el poder a costa de manipular, excluir y hacer sufrir a los demás. Para cerrar, vale la pena tener presentes las palabras de Cristo a sus seguidores genuinos: “Como ustedes saben, entre los paganos los jefes gobiernan con tiranía a sus súbditos, y los grandes hacen sentir su autoridad sobre ellos. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que entre ustedes quiera ser grande, deberá servir a los demás; y el que entre ustedes quiera ser el primero, deberá ser su esclavo. Porque del mismo modo, el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida como precio para la libertad de muchos.”

(Evangelio de San Mateo, cap.20, vers. 28).

rogersereny@hotmail.com

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La Historia de Naomi en los Testigos de Jehová

Les saludo con mucho respeto y admiración, en especial para los administradores de este Foro que permiten que uno pueda publicar sus vivencias e historias con los Testigos de Jehová.

Mi nombre es Naomi y nací como se dice dentro de la verdad, mis padres eran personas dedicadas y celosas y así han continuado durante toda sus vidas; mi crianza fue la típica de una niña testigo con un padre anciano. Siempre se me pidió el máximo y que fuese mejor que los demás a mi alredor por la imagen que mi familia tenía que proyectar.

Mi vida temprana estuvo sujeta a las decisiones que mis padres hacían y yo como una hija obediente, me adaptaba a ellas. Para darles algunos ejemplos:
No se me pregunto si quería recibir un estudio bíblico personal, sino que se comenzó y continúo. Nunca pude decir si quería ir al Salón del Reino o no, mis padres hicieron esta decisión por mí. En la escuela, nunca pude asociarme con los niños que me caían bien; mis padres decidían quieres eran las mejores asociaciones y todos eran testigos.

Desde chica me comenzaron a llevar a predicar y llego un momento en que yo misma llegue a ser publicadora bajo la insistencia de mis padres. Vida social no tuve, nada mas aquella que giraba alrededor de los hermanos y sus actividades de recreación, nuevamente esto era por decisión de mis padres.

A los doce años de edad me bautice, aunque se supone que era mi decisión en realidad lo estaba haciendo por complacer y satisfacer la insistencia de mis padres. No estoy contando estas cosas a modo de queja, mis padres han sido muy amorosos y los quiero mucho y estoy agradecida de las muchas cosas buenas que hicieron por mí, sólo estoy haciendo notar que fui una persona con un destino pre determinado desde antes de nacer.

Quizás estas condiciones en mi vida personal, me hicieron volcar mi atención en los estudios y siempre fui muy sobresaliente escolásticamente, tenía muy buenas notas y mis profesores tomaban un interés especial en mí. Todo el tiempo que estuve en la Escuela Superior lo pase asistiendo a clases con honores. Nunca me imagine que este factor iba a llegar a ser un conflicto grande en mi vida, en cuanto al factor religioso yo nunca sentí el celo y devoción que mis padres tienen y seguía las actividades solo por complacerlos y me parecía un buen modo de vivir.

Cuando cumplí 17 años durante mi último curso de Secundaria, mis profesores me confiaron que estaba en una lista corta de alumnos que estaban siendo considerados por distintas Universidades para recibir becas. Lo comente en la casa y en realidad nunca me imagine lo que esto iba a significar, mis padres fueron muy claros en cuanto a que no aprobaban el que aceptase esta posibilidad y que creían que era mejor que fuese a un Colegio Técnico para graduarme en una carrera corta. Está de más decir que esto no era lo que yo quería, a través de mis tareas en el laboratorio de la escuela le había cogido gusto a la investigación y soñaba con poder en el futuro hacer estudios en ese campo y también en la medicina.

Mi último año de escuela fue un completo martirio, mis padres no fueron abusivos pero creo que su firmeza fue cruel ya que yo no merecía el tratamiento que ellos me estaban dando. Peor aún, no sé cómo pero los otros Ancianos de la congregación se dieron cuenta del asunto y todos ellos junto con el Superintendente de Circuito trataron de disuadirme para que no aceptase la oportunidad.

Estaba en un estado mental en que casi deseaba que no ocurriese nada y que la beca se la diesen a otro, mis calificaciones comenzaron a sufrir levemente y una de mis profesoras se tomo interés especial en mí y me ayudo a través de este periodo difícil diciéndome que no tirase todo lo que había hecho en los años anteriores y me sencillamente tomase las cosas una a la vez, con su apoyo pase esta difícil etapa.

Finalmente la beca vino, en mi casa fue peor que si yo hubiese cometido un pecado grave y en la congregación llegue a casi estar señalada, esto a pesar de que en la escuela las hijas de otros ancianos tenían una conducta escandalosa que me avergonzaba de que la gente supiera que pertenecíamos a la misma religión.

Y aquí vino mi gran prueba, por primera vez tenía que hacer yo personalmente una decisión, ya era mayor de edad y tenía que decidir si aceptaba la beca y me mudaba a la ciudad donde estaba la Universidad para continuar mis estudios o si seguía en la casa con mis padres haciendo decisiones por mí. No sé cómo lo hice pero llegué a la conclusión de que ya era tiempo y acepté la oportunidad.

Esto no le agradó en lo más mínimo a mis padres y los Ancianos se envolvieron inmediatamente en el asunto y tuvieron varias conversaciones conmigo. En el curso de la última, y con los ánimos algo caldeados, uno de ellos me dijo que yo no me estaba portando como una buena testigo y que si era mi actitud debería entregar una carta diciendo que yo no quería seguir siendo Testigo de Jehová. Yo lo hice así sin saber las consecuencias que esto traería.

Como se pueden imaginar, esto fue anunciado a la congregación. Llegué a estar en calidad de expulsada, mis padres no me echaron de la casa pero oí el comentario de que si yo seguía viviendo allí, él perdería todos sus privilegios. Siendo que ya había tomado la decisión, decidí seguir adelante y marcharme.Lo que ocurrió después fue lo más doloroso del asunto, pues nunca me imagine que mis padres me cortasen el trato pero lo hicieron y en los últimos cinco años mi comunicación con ellos ha sido nula. Según ellos, están esperando a que yo regrese a la congregación, pero no tengo ninguna intención de hacerlo, pues estoy contenta con mi vida actual y tengo amistades, un interés amoroso serio y con respeto y mis estudios siguen prosperando como siempre.

Así que no soy de aquellos que aspiran un día regresar a los Testigos, al contrario, los considero una amenaza al bienestar de las personas y a la paz familiar. En cuanto a mis padres, no los culpo, sé que en algún tiempo futuro tendré la obligación de ayudarlos cuando ya no sean de más uso a su muy querida Organización.

Sólo me despido dándoles las gracias por permitirme contar mi historia y dejo dos pensamientos importantes para mí: Padres, sean honestos y no castiguen a sus hijos por las decisiones erróneas que ustedes hicieron por ellos.Hijos, tengan mucho cuidado de comprometerse con una entidad que espera su servidumbre de por vida a costa de promesas que ni se han cumplido, ni nunca se cumplirán.

Mi historia con los testigos de Jehová

MI HISTORIA con los Testigos de Jehová comienza cuando estaba en trámites legales de mi separación matrimonial por embariaguez y malos tratos por parte de mi marido. Me cogieron por tanto en una época bastante baja de moral, una de las peores épocas de mi vida.

Fue por este motivo que les abrí las puertas de mi casa, de mi corazón: porque me encontraba tan mal que hablar de Dios me reconfortaba, y ellos que están especialmente entrenados para este tipo de situaciones, supieron entrar en mi vulnerabilidad, meterse en mi problema y trastocar toda mi vida, constituyendo el tiempo que pasé con ellos una huella imborrable en mi caracter, en mi relación con familiares y amigos, en mi profesión; unos verdaderos tentáculos que se apoderaron de mi, de mi estado depresivo para captarme y desmoronarme mas de lo que estaba, haciendome un ser nulo en la sociedad y ante mi misma.

Al principio fue muy bien: esas amplias sonrisas de cuando entras en El Salón del Reino, esos besos de hermanas dandote la bienvenida, esos estrechamientos de manos de hermanos que te miran como a una hija, como a una futura hermana… es lo que reconforta a todas las que como yo (que me consta han sido muchas) llegamos llenas de carencias emocionales. Llegas a creer que son gentes especiales.

Llegué a ser una testigo de Jehová ejemplar: precursora todo el año. No vivia mas que para predicar y para condenar a todos los que no estuvieran cumpliendo con los preceptos bíblicos.
Tuve que dejar a mis amigos de antes porque según los ancianos eran todos mundanos y podrian ser mi perdición.
Perdí amigos de años, verdaderos compañeros de trabajo, vecinos incondicionales, e incluso amigos de la infancia, de mi barrio. Eran simplemente personas normales, algunos hasta idealistas metidos en organizaciones de solidaridad con paises del tercer mundo…; quiero decir que eran padres y madres de familia como yo, trabajadores y honrados; pero había que dejarlos porque no pertenecian a la congregación, y no estaba bien visto que una testigo de Jehová se juntara con gente del mundo. Cambié a todas estas personas, las saqué de mi vida y las sustituí por mi nueva familia: Los testigos cristianos de Jehová. Mi nueva familia era ahora lo primero, y según me decian: “por quien tendria que estar dispuesta a dar la vida en situaciones dificiles”.

Mis padres y hermanos también eran considerados agentes de Satanás porque eran de otra religión y no estaban dispuestos a cambiarla por la mia. Les hice mucho sufrir, mis padres especialmente se sintieron muy ofendidos y abandonados debido a mi comportamiento fanático como testigo de Jehová. Mi única familia de sangre eran mis tres hijas pequeñitas, pero eso sí, mientras eran pequeñitas, ya que si de mayores no elegian bautizarse como testigos, pues tampoco serian mi familia; tendria entonces que tratarlas con mano dura para que se sintieran solas y volvieran al redil. Por lo tanto, a mis hijas también las metí en la secta, por el miedo que me daba el hecho de que llegara la destrucción de Dios y ellas tres no se salvaran.

Esta idea que ellos sembraron en mí caló muy hondo, así que comencé a llevarlas a predicar, a darles estudios bíblicos y a que aguantaran interminables reuniones semanales sentadas en una silla y sin moverse. Comprobé que era más la angustia lo que movia a que aprendieran y aceptaran la Biblia, la angustia de que no fueran destruidas, y no la libertad de enseñanza, no el darles la oportunidad de que aprendieran para que ellas de mayores eligieran el lugar, las ideas
que las harian felices.

En el Salón del Reino todos los niños pequeños deben estar sin hacer el minimo ruido, el niño que habla fuerte o se porta mal lo llevan a un cuartito y los propios padres les pegan o los castigan duramente. Mas tarde me enteré de que había crios mayores que se orinaban por las noches en la cama y padecian depresiones infantiles, no es de extrañar esta respuesta del cuerpo y de la mente de los niños cuando desde pequeñitos se les viste como a viejos: corbatas, chaquetas… y además se les exige un comportamiento que no es propio de su edad.

A veces los ancianos me llamaban la atención porque mis dos hijas mayores se quedaban dormidas durante el estudio de la Atalaya, me decian que tenia que hacerlas interesarse por las reuniones. Muchas fueron las riñas que tuve con ellas por este motivo, llegando incluso a darles en la cabeza cada vez que se les cerraban los ojos .

Esto más tarde vi que lo hacian también los nuevos que llegaban con sus hijos. El Salón del Reino es tan sagrado que hasta los niños han de comportarse como auténticos mayores, siendo alabados los padres de los niños que así se comportan. Normalmente son niños a los que se les roba lo mejor de la infancia, y que de mayores aguantan dentro de la congregación por no disgustar a sus padres; y otra gran parte acaba marchándose pero llenos de culpas y de pesos impuestos.

En medio de todo esto, mi marido, que ya no vivía con nosotras pero que buscaba todas las oportunidades para hacerse notar y hacernos la vida imposible (pues habia llegado la sentencia del juez dándome a mi la custodia de las niñas, obligandole a él a pagar una multa y a pasar una pensión alimenticia a mis hijas); no se le ocurre otra cosa que ir a la congregación y pedir un estudio bíblico. Un testigo comienza a ir regularmente a su casa, a pesar de mis advertencias de que este hombre lo que pretende es hacerme daño. Bajo la excusa de que a nadie se le puede negar la enseñanza de la Biblia, y de que Dios puede estar moviendo las cosas para que él cambie y volvamos a vivir juntos, el padre de mis hijas comienza a estudiar, ¡con el tiempo comienza a predicar de casa en casa y no se pierde una reunión!

Se hace el mártir de la situación, va contando a todos cuánto me quiere, cuánto me echa de menos. Las hijas se ven en una situación confusa, humillante. Ya las recoge él mismo de casa para llevarlas a predicar, para ayudarlas en sus estudios de La Atalaya, para llevarlas a la Asamblea porque él tiene coche y yo no. Dice a todos estar arrepentido de la mala vida que me dió, que me quiere, que quiere volver con sus hijas.

La situación se hace tan atípica, que los ancianos y siervos ministeriales no entienden cómo una cristiana como yo ¿no puede perdonar a un hombre tan arrepentido… qué ni siquiera ha cometido adulterio? Se empiezan a crear murmullos en la congregación. Me designan dos hermanas maduras y mayores -casi abuelas- para que me aconsejen y guíen en el tema, dicen que yo soy muy joven, muy inexperta. Estas mujeres están practicamente todo el dia metidas en mi casa, contandome historias, “instruyendome en la vida familiar”, en cómo debo hacer las cosas, en cómo debo perdonar y reconstruir…, sí no, Dios eliminará hasta a mis hijas de
la faz de la tierra por el pecado de que su madre no perdonó a su padre… que ni siquiera habia mantenido relaciones sexuales con otra mujer.

Hay que aclarar que los testigos sólo admiten como motivo de separación el que uno de los dos haya mantenido relaciones fuera del matrimonio, de lo contrario, aunque tu marido te mate has de aguantarlo toda la vida, ¡y un marido puede matar a una mujer de muchas formas!, no tiene por qué ser tan sólo fisicamente. Las que hayan pasado por esto, son las únicas mujeres que lo comprenderán.

Esta situación duró muchos meses, creí que me volveria loca, pues ya comenzaba a notar síntomas de debilitamiento mental. Tuve que darme de baja laboralmente. Comencé a resquebrajarme cuando vi que hombres y mujeres de la congregación estaban todos de parte del padre de mis hijas, éste venia a veces a casa llorando y acompañado de los ancianos que me decían cuanto sufria este hombre, este buen hombre por un corazón tan duro como el mio. Me sacaban alrededor de veinte textos bíblicos cada vez, para demostrarme lo mala cristiana que estaba siendo. Me dijeron que yo no era apta para el paraiso si no perdonaba a mi ex-marido.

En unos de esos momentos endebles acepté que volviera a casa. Queria darle la oportunidad de que nos salváramos todos en familia, hacer una prueba de conviviencia, pero puse una condición: él por lo pronto dormiría en una habitación y yo en otra. Esto no le pareció muy bien, pero los ancianos le insistieron en que aprovechara esta oportunidad, que yo necesitaba tiempo para adaptarme a la nueva situación. Además yo le estaba negando la posibilidad de vivir para siempre en el paraiso porque él habia renunciado a bautizarse si yo no lo acogia de nuevo.

Bien, él se bautizó y se hizo precursor, pero siguió maltratandome fisica y verbalmente e intentando forzarme todas las noches a que durmiera con él. Hice saber esto a los ancianos y me respondieron que es muy duro para un hombre vivir sin relaciones sexuales, que esos impulsos eran naturales, que yo deberia de comprender la naturaleza masculina, etc, etc. Mientras tanto ellos le animarian dandoles privilegios en la congregación para que se sintiera más integrado y ocupado. Así, mientras mi marido me humillaba y me maltrataba y los ancianos eran conocedores de esta situación, él daba asignaciones en la plataforma, mientras se emborrachaba y se gastaba el dinero, mientras yo trabajaba y él holgazaneaba; dejaron que siguiera de precursor.

Como yo no paraba de denunciar delante de los ancianos su comportamiento, comenzaron a recriminarme a mi por no ser una esposa sumisa, ¡y lo hicieron siervo ministerial! La doble personalidad de mi ex-marido estaba dando sus frutos. En este tiempo que pude ver las cosas con más realismo y no con tanto romanticismo como cuando entré, comencé a observar las relaciones de los testigos: las mujeres son nulas. Estaban idiotizadas, sumergidas y
contentas en unos papeles de sumisión que a veces rallaba el ridículo, eran incapaces de vivir por ellas mismas: o estaban sujetas a los padres o al marido. Sin embargo era un papel bastante cómodo, ya que en el hombre descansaba toda la responsabilidad y las consecuencias de las grandes decisiones.

Existian cantidad de solteras deseosas de que llegaran las Asambleas -a las que acudian estrenando vestidos, peluqueria y complementos-, porque allí radicaba la única esperanza de cazar marido; ya que no les está permitido casarse con nadie de fuera y habia tanta mujer en edad casamentera y tan poco hombre libre, que esto se llegó a constituir en un verdadero problema. He visto muchachas jovencísimas casándose con el único soltero de la congregación y después de no más de unos meses de relación, (por temor a caer en la tentación de cometer actos impuros); concepto con el que ellos califican el darse un beso o acariciarse cuando dos personas se quieren, pero no tienen firmado ningún contrato ante un juez.

He visto también a madres quitando de estudiar a sus hijas para librarlas del contacto con mundanos, hijas llorando porque quieren hacer una carrera o una diplomatura y no meterse en casa a limpiar y hacer comidas. Lo más que se les permite a las más rebeldes es hacer algo de puericultura, peluqueria o esteticien; algo que las mantenga ocupadas hasta que llegue el hombre que les meta en casa para toda la vida y las carguen de hijos. A los hijos varones se les quita de la cabeza la idea de hacer carrera, pero estos como están destinados a mantener a sus mujeres e hijos pues siempre se les anima a hacer alguna formación profesional: electricista, mecánico, etc. Normalmente todos son arrancados del colegio al terminar la primaria, aunque he visto profesores personarse en casa de padres testigos de Jehová para rogarles que dejen a sus hijos seguir estudiando porque pueden sacar provecho de cualquier vocación universitaria, y todo lo que han recibido como respuestas son esas sonrisas “sabias” que le hacen saber que es un agente de Satanás que viene a perder a sus hijos. Las niñas especialmente son tronchadas de cualquier opción profesional para ponerlas a dar vueltas por las calles predicando la Biblia, ya que como queda tan poco tiempo para el fin, les hacen saber que esto de predicar gratis es un privilegio para ellas, algo que no se repetirá jamás en la historia. Así han desperdiciado muchas desgraciadas su juventud. Si alguna joven a pesar de todo sigue estudiando, ésta está mal vista por toda la congregación, que la considera más interesada en las cuestiones materiales que en las espirituales. Esto hace que a lo largo de los años se haya creado una masa de mujeres bastante analfabetas, que solo son eruditas en la biblia, pero que no están al dia de nada de lo que ocurre a su alrededor, están ancladas, sumisas, estáticas…, porque todo lo que no sea de la Biblia procede de Satanás. Llegan a ser personas embrutecidas, con un solo punto de vista de las cosas y las situaciones.

Ví también los chismorreos y rencillas subterráneas que se tenian los hermanos, las rivalidades entre las familias, familias con hijos que habian criado en su verdad, pero que éstos no la tenian en el corazón y aguantaban por sus padres y por el miedo de no ser destruidos como en los dias de Noé. Ví también mujeres deprimidas porque sus maridos estaban opuestos a los testigos de Jehová y su vida familiar se habia roto. Ví también hijos traumatizados en familias separadas a causa de la religión, de ver a su madre fanatizada y al padre opuesto, amargado y solo. Ví también a ancianos que tenian a sus hermanos favoritos, esos que siempre contestan en los comentarios de la Atalaya, a los que se les da las mejores asignaciones, los ejemplos de virtudes en la congregación. Ví también a testigos de Jehová empresarios tener empleados a hermanos sin oficio ni beneficio, parados de la sociedad, pero casados y con hijos pagandoles una miseria de sueldo mientras ellos se hacian cada vez más pudientes.

Fueron seis años, y seria muy largo de contar aqui lo que se esconde detrás de esos primeros dias que llegas al salón y te ves inmersa en esa acogida de besos, apretones de manos y bienvenidas con sonrisas de anuncios.

En este tiempo ya me debatia en la tensión de abandonarlo todo, incluso a mi marido, o entrar en tratamiento psicológico. Fué entonces cuando los ancianos intensificaron la ayuda y me enviaron dos hermanas más. Eran en total cuatro las mujeres que se turnaban en mi casa; pasé a estar acompañada todo el dia, se metieron en mi vida íntima y personal sin permiso mio, muy sutilmente. Me daban consejos a cada momento sin yo pedírselo. Hasta que al final me dijeron claramente y sin más rodeo lo que tenia que hacer para conseguir que mi marido cambiara!Sobornarlo sexualmente. Tenia que descubrir sus fantasias sexuales, todos aquellos juegos eróticos que a él más le gustase practicarlo todos los dias a las horas que pudiera. Se ofrecieron incluso a quedarse con las niñas para que yo estuviera mas libre y serena, mas concentrada y
pudiera hacerlo todo bien. A la vez deberia dejarme hacer por él todo lo que su líbido le propusiera. La idea era tenerlo contento sexualmente…, me aseguraron que ellas como mujeres sabias, era éste el secreto que practicaban y a todas les iba la vida muy bien. Me aseguraron que después de pasar esos momentos fingiendo y a veces hasta con asco, tenian conseguido a los maridos para todo lo que ellas quisieran durante el resto del día.

Tantos meses, tantas visitas, tantos rodeos… yo era demasiado torpe para captar lo que me estaban proponiendo, tuvieron, tuvieron que hacerlo abiertamente, con todas sus letras y palabras. Yo era ingenua, muy joven… y como decian los ancianos muy inexperta en el matrimonio. No lo dudé un minuto: opté por el tratamiento sicológico. La sola idea de ser una especie de prostituta legal me sobrecogia el corazón. Me fuí al Centro de la Mujer de la Consejeria de Asuntos Sociales. Allí me trataron muy bien, con mucho cariño y atención. Me designaron una sicóloga que se puso las manos en la cabeza cuando le conté mi historia, y lejos de atiborrarme de consejos o de fármacos, inició conmigo una terapia de autoestima que fué ayudando a valorarme no solo como persona, sino también como mujer.

Comencé a ir menos a las reuniones de la congregación, tenía claro que no queria ser como las hermanas sabias, como los ejemplos vivientes de la congregación. Ahora que sabía por qué les iba tan bien la vida y sus respectivos matrimonios las veia como hipócritas y no soportaba su compañía. Después de saber de sus estrategias para mantener unos matrimonio agonizantes y a veces hasta muertos pero felices de cara a la galeria, no soportaba su presencia ni tanta apariencia, lo veía todo como una gran mentira.

Cuando conté todo esto a los ancianos esperando que para ellos fuera motivo más que suficiente para hacer una reflexión dentro de la congregación y una llamada de atención, simplemente se sonrieron entre ellos. Me sentí ridicula, humillada. Ellos eran precisamente quienes las habían enviado, pensando que estas cosas entre mujeres se hablan mejor, ellos las habían enviado para que me amaestraran en estas artes femeninas.

Les comuniqué entonces mi decisión de abandonar la congregación y ellos antes de aceptarla prefirieron esperar la visita del superintendente que estaba por llegar. Mi decisión estaba tomada, pero por educación volví a aceptar a otro nuevo superintendente. Era la quinta vez que tenía visitas de este tipo en casa debido a que mi problema según ellos era muy dificil de sobrellevar para unos ancianos que nunca se habían encontrado con algo así.

A los pocos dias me citaron en el Salón del Reino. Asistían a la reunión: dos ancianos, dos siervos ministeriales y el superintendente de zona. Cinco hombres delante mia interrogándome “amorosamente” y con todo “tacto” sobre mi vida sexual. Me hicieron saber que quizás yo tendria alguna desviación, que no era de buena cristiana no dar al débito conyugal cuando el marido lo requería, etc. Me hablaron de la condena a muerte en la que estaba metida por no perdonar a un hombre que no había cometido adulterio aún, pero que si lo cometia, era yo
la culpable por inducirlo a ello, por no dejarle tener relaciones sexuales conmigo, etc, etc.

Llegado un momento no sé cuándo de esta reunión en que ya no aguanté más, me levanté y alzando la voz le dije al superintendente que yo tenía mi propia dignidad, que no podía fingir con un hombre al que no amaba ni me amaba, que consideraba mi postura más justa y legal que la de mantener una situación hipócrita, que el cariño, el amor, no se puede forzar, obligar; que el mio estaba roto porque mi ex-marido lo había hecho pedazos con su falta de tacto y sus maltratos. Que una cosa era perdonar y otra fingir amor y dejarse ultrajar. Y que estaba segura de que si Dios me amaba no me podia pedir semejante monstruosidad para salvarme. Que si yo accedia a lo que ellos querian estaba segura de que perderia la razón, de que me volveria loca. El hermano superintendente se levantó algo ofuscado, estaba poco acostumbrado a que una mujer le levantarala voz, más bien pensó que me echaría a llorar en su presencia por lo excesivamente cargada de problemas que estaba y por la riña que me estaba echando. Entonces, alzando él la voz por encima de la mia, dijo textualmente:”¿Y qúe?, ¿qué pasa si te vuelves loca?: simplemente te internaremos en un psiquiatrico, pero Dios te salvará de la destrucción eterna el día del Armagedón. De esta forma, (sin mantener relaciones sexuales), te quedarás cuerda, seguirás tu vida, pero Dios te destruirá a ti y a tus hijas el día del Armagedón”. Fueron las últimas palabras que escuché por boca de un Testigo de Jehová. Tuve una recaida de crisis nerviosa a cuenta de esta contundente reunión, pero cuando creia que todo mejoraria dejando la congregación, todo empeoró, vinieron entonces los desprecios. Contaba con que me saliera, con que me quedaria sola, con que me darian todos la espalda, pero no contaba, no tenia ni idea de que además seria despreciada con tanto descaro y premeditación, tanto yo como mis hijas.

Cuando dejas de ser testigo, todos aquellos que se confesaban tus incondicionales hermanos, dispuestos a dar la vida por tí, dejan de hablarte, de mirarte; no importa cómo estés en esos momentos, tampoco lo que necesites. Te tratan como a una verdadera apestada. Incluso si alguien descubre que tiene algo en su casa que es tuyo, te lo deja a la puerta de tu casa sin ni siquiera tocar el timbre.Los hijos pequeños que eran hermanitos de mis hijas, empezaron a llamarlas satánicas, han llegado a escupir por el sitio donde mis hijas han pasado, les han negado apuntes y libros de clase, las han despreciado tanto en el colegio, que la directora tuvo que llamar a los padres testigos para pedir explicaciones por este comportamiento tan discriminatorio e inhumano, tan fanático en suma. A raiz de todo esto, mi hija mayor estuvo en tratamiento sicológico y ha desarrollado una desconfianza hacia todas las personas que tiene problemas de relación. Mi hija mediana sufrió durante mucho tiempo pesadillas nocturnas porque Dios la iba a destruir abriendo la tierra y enterrándola viva, (palabras textuales de sus antiguas amigas testigos). La pequeña era demasiado chica cuando todo esto pasó, pero siempre me recrimina que maté la infancia de sus hermanas. No quiere ni oir hablar de Dios y sus castigos; de ese Dios justiciero de los testigos que tanto daño nos ha hecho a todas.

Sigo creyendo en Dios. De hecho le pedí ayuda, y gracias a El he podido salir adelante. Pero he visto que Dios no mora en ninguna organización. Que verdaderamente es un Dios de AMOR y nadie deberia de constituirse en intermediario suyo, en el intérprete de su palabra; porque todos estamos llenos de miserias y éstas las echamos sobre los demás cuando intentamos hacer algo tan complicado como interpretar y hacer cumplir las Escrituras. Animo a todo el mundo que lea esta historia a que busque y viva su propia verdad con corazón humilde y sincero, puedo asegurarles que Dios no las dejará. No hace falta que nadie pertenezca a una estructura de organización que aplasta y deja sin iniciativa y creatividad a las personas, convirtiéndonos con buenas palabras y buenas intenciones en auténticos borregos.